¡No te canses de repetir!




¡No te canses de repetir!

Cuando leemos esta porción bíblica: (Deuteronomio 6:7) ”Y las repetirás a tus hijos, y hablarás de ellas estando en casa, y andando por el camino, y al acostarte, y cuando te levantes.” podemos creer que Moisés, el autor de este libro, ¡era un poco exagerado! Que no es necesario, insistir tanto con el tema de repetir la Palabra de Dios a nuestros hijos, ya que cumplimos con enviarlos a la Escuela Bíblica Dominical. Es más, hasta pensamos que por las diversas actividades que desarrollamos, no solamente los padres sino también los niños, no nos queda tiempo, para sentarnos con ellos a contarles historias que, hasta sospechamos ¡no les serán interesantes! Podemos creer incluso, que ese no es un mandato para estos tiempos; que aquello era necesario para los judíos, cuando aún no existía la Biblia tal como la tenemos ahora. Los judíos tenían sólo porciones de la Palabra de Dios, que guardaban en una especie de estuches de cuero y las ataban a sus brazos, o en la cabeza como señal (Deuteronomio 11:18) Se llamaban “Filacterias”

Seguramente, por la forma de vida que tenían los judíos; sus costumbres, las grandes distancias que ellos recorrían a diario y los peligros que les asechaban en el camino, el llevar la Palabra guardada no solamente en el corazón y en el alma, sino en las filacterias, era para ellos como un escudo protector. Una forma de pasarla de generación en generación.

Si la Palabra de Dios escrita en las tablas de nuestro corazón y repetidas una y otra vez en cada sermón, en cada devocional diario, funciona para nosotros como un escudo protector, ¿por qué no habría de ser igualmente efectiva para la protección de nuestros hijos? El mandato de Dios es claro ¡le habla a los padres! El nos dice: “Instruye al niño en su camino y aún cuando fuere viejo, no se apartará de el” (Proverbios 22:6) Analizando este tema, entendí también que la tarea de contar historias y aún de repetirlas, no tiene porqué ser algo monótono; ¡al contrario! ¡Puede ser muy gratificante! Si apelamos a la creatividad que Dios nos dio, no nos faltarán estrategias y momentos, en los cuales poder sembrar la bendita semilla a nuestros pequeños. Sus corazoncitos, son la “tierra” más fértil y apta para la siembra de la preciosa Palabra de Dios.

Un hermano que ya es abuelo, me contaba acerca de la aventura que compartió días pasados, con su nietito de 3 años. Con profundos deseo de pasar un día de aventuras, emprendieron ambos el tortuoso camino de ascenso, a uno de los cerros que componen el hermoso paisaje cordillerano de su pueblito natal. A medida que subían, el niño comenzaba a manifestar cansancio, sed y ¡mucho apetito! El abuelo, antes de proponerle compartir la merienda que llevaba en su mochila, lo invitó a sentarse un rato para descansar y comenzó a narrarle una historia. Aquel árido paisaje, las piedras, el calor que era tan sofocante y el cansancio por el ascenso, parecían darle el marco adecuado para contarle la historia de Jesús, cuando fue llevado por el Espíritu Santo al desierto, para ser tentado por Satanás. (Mateo 4:1-13) De hecho que esta, no parece ser una historia interesante para un pequeño de 3 añitos, pero el abuelo supo adaptarla. Tal fue el interés que suscitó en el pequeño Matías aquella narración ¡que hasta se olvidó de su imperiosa necesidad de merendar! Al descender, encontraron un “hornero” en plena construcción de su nido. ¿Qué creen que pasó? Sí! Se detuvieron a observar cómo trabajaba el pajarito. Una vez más, el abuelo le compartió acerca del cuidado que Dios tiene de los pajarillos y de nosotros, y de que gracias a eso podemos vivir tranquilos y confiados, ¡sin afanarnos por nada! (Mateo 6:26)

Amados, en cada momento de la vida, en el andar diario, en las actividades cotidianas, tenemos muchas oportunidades de compartir historias bíblicas. ¡La naturaleza nos brinda infinidad de ilustraciones! La enfermedad, o la muerte de una mascota por ejemplo, nos permite hablarles acerca de lo que la bendita Palabra de Dios, nos dice con respecto a estos temas. De esta manera, los pequeños podrán conocer cada vez más al Padre celestial; se irá forjando en ellos, su verdadera identidad ¡La de hijos de Dios! Por eso, papá, mamá, abuelo…cuenta las historias bíblicas ¡una y otra vez! ¡No te canses de repetir!

Autora: Estela Schüsselin

Escrito para: www.destellodesugloria.org

¡No te canses de repetir!

Cuando leemos esta porción bíblica: (Deuteronomio 6:7) ”Y las repetirás a tus hijos, y hablarás de ellas estando en casa, y andando por el camino, y al acostarte, y cuando te levantes.” podemos creer que Moisés, el autor de este libro, ¡era un poco exagerado! Que no es necesario, insistir tanto con el tema de repetir la Palabra de Dios a nuestros hijos, ya que cumplimos con enviarlos a la Escuela Bíblica Dominical. Es más, hasta pensamos que por las diversas actividades que desarrollamos, no solamente los padres sino también los niños, no nos queda tiempo, para sentarnos con ellos a contarles historias que, hasta sospechamos ¡no les serán interesantes! Podemos creer incluso, que ese no es un mandato para estos tiempos; que aquello era necesario para los judíos, cuando aún no existía la Biblia tal como la tenemos ahora. Los judíos tenían sólo porciones de la Palabra de Dios, que guardaban en una especie de estuches de cuero y las ataban a sus brazos, o en la cabeza como señal (Deuteronomio 11:18) Se llamaban “Filacterias”

Seguramente, por la forma de vida que tenían los judíos; sus costumbres, las grandes distancias que ellos recorrían a diario y los peligros que les asechaban en el camino, el llevar la Palabra guardada no solamente en el corazón y en el alma, sino en las filacterias, era para ellos como un escudo protector. Una forma de pasarla de generación en generación.

Si la Palabra de Dios escrita en las tablas de nuestro corazón y repetidas una y otra vez en cada sermón, en cada devocional diario, funciona para nosotros como un escudo protector, ¿por qué no habría de ser igualmente efectiva para la protección de nuestros hijos? El mandato de Dios es claro ¡le habla a los padres! El nos dice: “Instruye al niño en su camino y aún cuando fuere viejo, no se apartará de el” (Proverbios 22:6) Analizando este tema, entendí también que la tarea de contar historias y aún de repetirlas, no tiene porqué ser algo monótono; ¡al contrario! ¡Puede ser muy gratificante! Si apelamos a la creatividad que Dios nos dio, no nos faltarán estrategias y momentos, en los cuales poder sembrar la bendita semilla a nuestros pequeños. Sus corazoncitos, son la “tierra” más fértil y apta para la siembra de la preciosa Palabra de Dios.

Un hermano que ya es abuelo, me contaba acerca de la aventura que compartió días pasados, con su nietito de 3 años. Con profundos deseo de pasar un día de aventuras, emprendieron ambos el tortuoso camino de ascenso, a uno de los cerros que componen el hermoso paisaje cordillerano de su pueblito natal. A medida que subían, el niño comenzaba a manifestar cansancio, sed y ¡mucho apetito! El abuelo, antes de proponerle compartir la merienda que llevaba en su mochila, lo invitó a sentarse un rato para descansar y comenzó a narrarle una historia. Aquel árido paisaje, las piedras, el calor que era tan sofocante y el cansancio por el ascenso, parecían darle el marco adecuado para contarle la historia de Jesús, cuando fue llevado por el Espíritu Santo al desierto, para ser tentado por Satanás. (Mateo 4:1-13) De hecho que esta, no parece ser una historia interesante para un pequeño de 3 añitos, pero el abuelo supo adaptarla. Tal fue el interés que suscitó en el pequeño Matías aquella narración ¡que hasta se olvidó de su imperiosa necesidad de merendar! Al descender, encontraron un “hornero” en plena construcción de su nido. ¿Qué creen que pasó? Sí! Se detuvieron a observar cómo trabajaba el pajarito. Una vez más, el abuelo le compartió acerca del cuidado que Dios tiene de los pajarillos y de nosotros, y de que gracias a eso podemos vivir tranquilos y confiados, ¡sin afanarnos por nada! (Mateo 6:26)

Amados, en cada momento de la vida, en el andar diario, en las actividades cotidianas, tenemos muchas oportunidades de compartir historias bíblicas. ¡La naturaleza nos brinda infinidad de ilustraciones! La enfermedad, o la muerte de una mascota por ejemplo, nos permite hablarles acerca de lo que la bendita Palabra de Dios, nos dice con respecto a estos temas. De esta manera, los pequeños podrán conocer cada vez más al Padre celestial; se irá forjando en ellos, su verdadera identidad ¡La de hijos de Dios! Por eso, papá, mamá, abuelo…cuenta las historias bíblicas ¡una y otra vez! ¡No te canses de repetir!

Autora: Estela Schüsselin

Escrito para: www.destellodesugloria.org